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No podemos llorar en pasado lo que dejamos de comprar en presente

electrodomésticos flores
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Deportes Halcón cierra en las próximas semanas después de más de cuatro décadas vistiendo de deporte a Carabanchel. Su despedida ha llenado el barrio de recuerdos: las zapatillas del colegio, las botas de fútbol, los chándales, los pares sueltos o el dos por uno. Pero quizá la pregunta incómoda sea otra: ¿queremos que el comercio de barrio siga vivo o solo queremos recordarlo cuando ya haya cerrado?

Cierra Deportes Halcón. Y con su cierre se va algo más que una tienda de deportes. Se va un lugar reconocible del barrio. Una dirección que varias generaciones de carabancheleros han asociado a las zapatillas del colegio, al chándal de educación física, a las botas de fútbol, a las ofertas del dos por uno, a esa forma tan de antes —y tan necesaria ahora— de entrar, mirar, preguntar, probarse algo y salir con una bolsa en la mano y una conversación de regalo.

Estos días, como suele ocurrir cuando anuncia su cierre un comercio mítico, todo el mundo lo lamenta. Y es lógico. Deportes Halcón ha vestido de deporte a Carabanchel desde 1982. Pero hay algo en esos lamentos que duele especialmente: casi todos hablan de la tienda en pasado. “Yo iba de pequeño”. “Ahí me compraban mis padres las zapatillas”. “Mi abuelo me llevaba”. “Cuántas deportivas compré allí”. “Qué pena, era un clásico”.

Era.

Como si su destino estuviera escrito desde hace años. Como si este tipo de comercios estuviera condenado a convertirse en recuerdo, en foto antigua, en comentario nostálgico, en “qué pena lo que le está pasando al barrio”. Como si no hubiera habido, durante todo este tiempo, una posibilidad muy concreta de mantenerlos vivos: entrar y comprar.

Basta leer los comentarios que ha provocado el cierre para entender lo que significa Deportes Halcón. Hay recuerdos de J’hayber, Air Max, Munich de fútbol sala, cajas que iban y venían del almacén, referencias apuntadas y escaparates mirados con ilusión de crío. Todo eso es memoria del barrio. Pero casi toda esa memoria habla en pasado. Y ahí está la herida.

No sé los motivos exactos del cierre de Deportes Halcón. No conozco sus cuentas, ni sus alquileres, ni sus problemas internos. Sería irresponsable reducir una historia de más de cuarenta años a una sola causa. Pero sí sé algo más sencillo e incómodo: un comercio de barrio no se sostiene con cariño retrospectivo. Se sostiene con clientes. Con gente que cruza la puerta mientras la tienda sigue abierta.

Pero este artículo no va de señalar culpables, va de mirarnos un poco al espejo.

Porque en Carabanchel hay mucha gente con conciencia social, cultural y de barrio. Gente que defiende lo público, que lamenta la gentrificación, que se indigna cuando cierra un negocio de toda la vida, que comparte publicaciones sobre memoria, identidad y comercio local. Pero luego, cuando necesita unas zapatillas, una camiseta, una mochila o un chándal, se va a Decathlon, a JD Sports o a cualquier plataforma online porque es más cómodo.

Y claro que cada cual compra donde puede, donde quiere y donde le dejan sus circunstancias. No todo el mundo tiene el mismo bolsillo ni el mismo tiempo. Tampoco todos los comercios de barrio son automáticamente mejores por estar cerca. Pero cuando existe una tienda como Deportes Halcón, enorme, con una variedad inmensa, con ofertas muy competitivas y con una calidad incuestionable, la excusa empieza a tambalearse. Al menos un poco.

Yo he comprado allí. No por militancia barrionalista, sino porque me servía. Porque encontraba lo que buscaba. Porque era una tienda útil. Porque cuando cerró Arana Sports, frente al Palacio de Vistalegre, donde compré muchas de mis zapatillas, Deportes Halcón se convirtió definitivamente en mi referencia. Primero compaginé una y otra; después, cuando una bajó la persiana, seguí en la que quedaba. Eso también es barrio: cambiar de rutina sin salir del mapa afectivo de tus calles.

Llevo más de veinte años viviendo en Carabanchel y, siempre que he podido, he consumido en comercios del barrio. Siempre. No por pureza moral ni por pose. Quizá tenga que ver con venir de un pueblo, con haber crecido en un sitio donde casi todo se compraba a pie de calle y donde las tiendas no eran solo lugares de consumo, sino parte de la vida cotidiana. Sabías quién te vendía el pan, quién arreglaba los zapatos, quién cortaba el pelo, quién te fiaba, quién te preguntaba por tu madre y quién te recomendaba no llevarte algo porque no te hacía falta.

Esa forma de comprar no era perfecta ni idílica. Pero tenía una cosa poderosa: generaba vínculo. Y el vínculo es una de las cosas que más fácilmente estamos dejando morir.

Mi vida en Carabanchel se puede recorrer a través de sus comercios. El pan, durante años, lo compré en Aceuchal, donde Luis. Cuando se jubiló, pasé al Horno El Molino de Valvanera y ahora a Pan y Vicios. Los pocos dulces que como —y quizá por eso los disfruto tanto— son de Panadería Oca 81, donde están las mejores magdalenas, palmeras, pastas y roscones del barrio.

richar y sole panadería oca 81
Richard y Sole, de Panadería Oca 81 (foto de archivo)

La fruta fue durante mucho tiempo la de mi buen amigo Pepe, el frutero, que llegó a dirigir tres fruterías en Valvanera, calle Halcón y Eduardo Morales. Cuando dejó la fruta, abrió una tienda de segunda mano donde en Fátima compré mi colección de vinilos y mi tocadiscos, entre otras cosas. Hay amistades enteras que surgen de un manojo de espinacas o de una conversación apoyada sobre un mostrador. La de Pepe es claro ejemplo de ello.

La carne la compro desde hace años en Carnicería Fragata o en las carnicerías marroquíes de Valvanera y de la calle Oca. Los pollos asados, en Escobar e Hijos. El cierre de Pescadería Carlos Pérez, en Alcaudón, me dejó un poco huérfano de pescado. Mudé mis compras a la pescadería del Mercado de Vistalegre, bajo el Hipercor, pero también cerró, así que ahora compro el pescado en la pescadería de Ahorramás, y no por gusto, sino porque me dejaron sin apenas elección. Aun así, cuando quiero darme algún homenaje, me gusta visitar el mercado de Laguna, donde todavía se entiende que comprar significa mirar, preguntar, elegir, comparar y dejarse aconsejar.

También hay rituales que no necesitan mucha explicación. Los churros, siempre de la Churrería de Miguel, probablemente la más emblemática del barrio. Y el vino, durante mucho tiempo, me llevaba a Carabanchel Alto para ver a mi amigo Emilio, de Bodegas Rojo, que además de vino a granel me vendía una miel espectacular y productos gourmet de los de verdad, no de los que necesitan una etiqueta en inglés para parecer mejores. Ahora voy de vez en cuando a Bodega Vidal, mítica donde las haya y una de las poquitas que nos quedan por el barrio.

Las plantas que tengo en el patio de casa son de Flores Birlanga, en Eduardo Morales. Las pocas americanas que uso para días especiales en el trabajo las limpio en Tintorería Casablanca. La ferretería, siempre en Enol, los mejores. La reforma de mi casa me la hizo César, de Acuasos, en Aceuchal. He comprado tableros para camperizar mi antigua furgoneta en Tableros Carabanchel. Mi caldera la repara San Bruno, en Marcelino Camacho. Y algunos cuadros de pintores amigos o fotografías antiguas que he ido comprando los he enmarcado en Cristalerías Urgel, porque también hay memoria de barrio en las paredes de casa. Desde hace unos años, las copias de las llaves y los cinturones los compro donde Ignacio, el zapatero de la Plaza de Zeus, en la calle Tucán, que también me ha arreglado algún que otro par de botas.

zapatería La Parisienne Ignacio Sánchez tucán

Cuando se me estropeaba el coche, no dudaba en visitar a Antonio, en Albatros, y después a Jose, el de Godel. Con el cierre de ambos, Juan, de Pinzón, se ha convertido en mi nuevo referente en temas de mecánica. Cada cierre obliga a recomponer un mapa. Y no solo un mapa comercial. También un mapa emocional.

Gran parte de mis muebles son de la extinta e inolvidable Mobel Madrid, de Fátima. Parte de mis colchones y almohadas salieron de la tienda de colchones La Oca. Mis sábanas son de Telar, en la misma calle, que también cerrará muy pronto sus puertas. Los electrodomésticos grandes son del Tien 21 de Pinzón. Los pequeños se los compré siempre a Electrodomésticos Flores, donde trabajaba Mari hasta que se jubiló. Todavía me la cruzo de vez en cuando por las calles del barrio y verla me produce una alegría enorme.

NOTA: Al buscar en Google Maps la foto de su comercio para abrir este reportaje, me hizo especial ilusión ver aparcado en la puerta mi antiguo Ford Escort rojo. La de veces que me lo revisó Antonio de Talleres Albatros.

También hay compras que casi todos hemos entregado ya al clic automático. Pero podemos evitarlo sin mucho esfuerzo. Los tóneres de la impresora, por ejemplo, los compro en Reciclados Valodia, de calle Ocaña (antes también en Matilde Hernández). Los ordenadores, en Mercabit, en Carpetana, una tienda que me encanta; y cuando he necesitado alguna reparación compleja he acudido a PCrednet, todo un referente mucho más allá del barrio. Mi pequeña radio y mi despertador los compré en Mundo Electrónico, en la calle Oca, uno de esos lugares increíbles que todavía sobreviven y que parecen recordarnos que no todo tiene que venir embalado desde un almacén anónimo.

Los móviles los compro en bazares como Mobile Zone, aunque los protectores de pantalla y las fundas siempre me los ponen en la calle Laguna. También recurro a tiendas latinas y a esos comercios de horario amplio que muchos seguimos llamando “chinos” y que, en cierto modo, han sustituido a los antiguos ultramarinos de barrio. Antes, las gafas las compraba en Óptica Ramos y ahora en Multiópticas. Mi gimnasio fue durante años el de la Piscina Marbella, en Plaza Elíptica, aunque también hice alguna incursión en el de Pinzón, más familiar y cercano. El pelo me lo corta desde hace veinte años mi colega Luis, en Eduardo Morales.

La comida de Soto la compro en Mis Mascotas, en Nuestra Señora de Fátima, y sus pelotas en Pajarería Ávila, en Algodre. A Soto lo ve Leonor, su veterinaria, en Pedro Díez. Y a mi hijo Julen ya lo ha chequeado el insigne pediatra don Pedro Sánchez Villalva, que lleva décadas con su clínica en Marcelino Camacho. La farmacia de referencia de la familia es la de mi amigo Jesús Martínez, en Alejandro Sánchez, con ese toquecito yeclano que siempre me devuelve al terruño. También he visitado más de una vez el herbolario de Silvia, otro referente para mucha gente del barrio.

Porque el barrio también es eso: saber a quién acudir cuando algo te preocupa, cuando algo se rompe, cuando alguien de casa necesita cuidados o cuando simplemente necesitas que alguien te mire a la cara y te atienda como una persona, no como un número de pedido.

Como soy autónomo, la gestión del IVA y de los impuestos me la lleva Montse, de Ruiz Muñoz Abogados, que ahora está en Vía Carpetana, pero antes pasó por Valvanera y por Oca. Hasta mi banco es el Cajamar de Marcelino Camacho. Y cuando necesité notario, busqué uno cerca: Hernández Antolín, en Halcón. Cuando alguna vez me da por echar la Primitiva, elijo las administraciones de Eduardo Morales, donde también compro el décimo de Navidad del barrio, por si toca.

Como músico amateur, todo el material que necesito para mi clarinete bajo lo compro en Musical Princesa, los mejores. Mis libros, desde hace años, se los compro a Óscar, de Librería Carabanchel, y a Montse, de Papelería María, aunque en librerías y papelerías tengo muchos referentes: Tizas 91, Papelería Oca, Aguayo o la inolvidable Quirós. Precisamente Montse, de Papelería María, comentó en el post del cierre de Deportes Halcón una frase que me dejó helado: “Como punto de recogida Amazon, me duele ver cómo muchos clientes vienen a recoger paquetes que, claramente, son libros”.

La frase resume una época.

Entramos en una papelería o en una librería de barrio a recoger un libro comprado en Amazon. Saludamos a la persona que podría habérnoslo vendido, quizá incluso asesorado, y nos vamos con el paquete bajo el brazo. Luego, cuando esa librería cierre, escribiremos que era una pena, que hacía barrio, que ya no quedan sitios así. Pero el libro no se lo compramos nunca.

No es un reproche individual. Es una contradicción colectiva.

librería papelería carabanchel

Las fotos antes me las imprimía Sonia Dorado y, desde que cerró su tienda en la avenida de la Plaza de Toros, ahora lo hacen en Nayser, en la calle Alondra. Las fotocopias, cómo no, en Eurocopias. Antes compraba productos de limpieza y perfumería en Abraham, en la calle Zújar, y después descubrí su tienda de Marcelino Camacho. Por desgracia, me cerró el kiosco de la plaza del metro de Vistalegre, y ahora, cuando necesito prensa, revistas o cualquier pequeño capricho de kiosco, me desplazo al de la plaza de Oporto.

Mucha de mi ropa la compro en Mercadillo Oca, sin olvidar a Slum Wear o Rocket, dos marcas muy de Carabanchel. Y sí, echo de menos muchos comercios que han sido referentes del barrio, como Cafés Pozo y tantos otros que fueron desapareciendo de nuestro paisaje sin que quizá midiéramos del todo lo que se iba con ellos.

Dejo fuera los bares casi a propósito. No porque no formen parte del barrio, sino precisamente porque, por razones obvias, son los que siguen funcionando con más presencia y los que más visita la gente, entre los que me incluyo. Este texto no pretende ser una ruta de ocio ni una agenda de recomendaciones. Tampoco es un censo sentimental del comercio de Carabanchel. Es mi mapa: incompleto, personal, discutible, lleno de nombres propios y de ausencias inevitables. Seguro que me dejo mercerías, joyerías, estancos, academias y muchos otros negocios que forman parte de la vida diaria del barrio aunque no aparezcan en mi rutina.

Pero esa es precisamente la idea: cada vecino podría hacer su propio mapa. Y si al hacerlo descubre que casi todo lo compra fuera, quizá ahí empiece la verdadera conversación.

También conviene decir otra cosa, porque en cada cierre aparece una nostalgia que a veces se tuerce. Defender el comercio de barrio no significa congelar Carabanchel en una postal antigua ni mirar con desprecio cada negocio nuevo que sube una persiana. El barrio siempre ha cambiado y seguirá cambiando. También hacen barrio muchas tiendas abiertas por vecinos llegados de otros lugares. El problema no es que el comercio cambie de acento, de producto o de generación. El problema es que dejemos de comprar cerca mientras lloramos cada cierre como si no tuviera nada que ver con nosotros.

Porque el comercio de barrio no es solo economía. Es memoria, empleo, conversación, confianza y seguridad en nuestras calles. Es saber que hay luz en un local a media tarde. Que alguien te reconoce. Que puedes volver si algo sale mal. Que el dinero circula cerca. Que el barrio no es únicamente un lugar donde se duerme, sino un lugar donde se vive.

Y aquí está la clave: el comercio de barrio no se salva con nostalgia. Se salva con hábitos.

No hace falta comprarlo todo en la tienda más cercana. No hace falta convertir cada compra en una declaración política ni fiscalizar la cesta de nadie. Pero sí hace falta una mínima conciencia. Antes de abrir Amazon, pensar si eso lo vende alguien a diez minutos andando. Antes de coger el coche hacia una gran superficie, preguntarse si en Oca, en Laguna, en Valvanera, en Fátima, en Eduardo Morales, en Marcelino Camacho o en cualquier otra calle del distrito hay alguien que lleva años vendiendo eso mismo. Antes de lamentar un cierre, deberíamos preguntarnos cuándo fue la última vez que entramos allí.

Porque si queremos, podemos.

Podemos comprar el pan en el horno del barrio. Podemos encargar un libro en una librería cercana aunque tarde dos días más en llegar. Podemos arreglar unos zapatos antes de tirarlos. Podemos llevar la ropa a la tintorería de siempre. Podemos comprar el tóner de la impresora, el vino, las plantas, el pienso del perro, las sábanas, las zapatillas, el despertador o el marco de un cuadro sin salir de Carabanchel. Podemos aceptar que la comodidad absoluta tiene un precio, y que ese precio lo pagan muchas veces las calles que decimos querer.

Carabanchel no necesita que sus comercios sean tratados como piezas de museo. Necesita que sean tratados como lo que son: negocios vivos, llevados por personas vivas, que pagan alquileres vivos, nóminas vivas, facturas vivas e impuestos vivos. No basta con decir que “hacían barrio”. Hay que hacer barrio con ellos.

Deportes Halcón cierra. Ojalá no tuviéramos que escribirlo. Ojalá dentro de unos años no estemos diciendo lo mismo de otras tiendas que hoy siguen abiertas y a las que todavía podemos entrar. Ojalá esta vez el lamento sirva para algo más que para llenar comentarios de recuerdos bonitos.

La memoria está bien. La nostalgia también tiene su lugar. Pero el barrio no se sostiene mirando escaparates apagados.

Se sostiene entrando antes de que se apaguen.


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