Saltar al contenido
Portada » Reportajes » María Lejárraga: la escritora en la sombra que reclamó su luz

María Lejárraga: la escritora en la sombra que reclamó su luz

María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra
Comparte

La historia de María Lejárraga (1874-1974), como ya contamos hace unos meses, es una de las más enigmáticas y reveladoras de la literatura española del siglo XX. Fue maestra, novelista, dramaturga, ensayista y traductora, pero durante décadas su obra apareció firmada con el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra.

Mientras él se llevaba el reconocimiento público, ella escribía en la sombra. No fue hasta la década de 1930 cuando comenzó a reivindicar su autoría, enfrentándose a la incredulidad, el escepticismo y, en muchos casos, al desprecio de una sociedad que no estaba preparada para reconocer el talento femenino de forma independiente.

Reportaje fruto de la ponencia «El enigma de María Lejárraga»

Ponencia impartida en la Biblioteca Nacional de España por Juan Aguilera e Isabel Lizárraga

Una mujer adelantada a su tiempo

María de la O Lejárraga nació en San Millán de la Cogolla en 1874, aunque siendo niña se mudó con su familia a una casa de la calle Sombra de Carabanchel. Desde joven mostró interés por la literatura, pero también por la educación y la política. Fue maestra y desarrolló un fuerte compromiso feminista en una época en la que las mujeres apenas tenían presencia en la esfera pública. Durante la Segunda República, llegó a ser diputada por el PSOE en representación de Granada, defendiendo activamente los derechos de las mujeres y la educación pública.

Sin embargo, su faceta más conocida es la de escritora. Aunque en sus inicios publicó algunos textos con su propio nombre, pronto tomó la controvertida decisión de ceder la firma de sus obras a su marido, Gregorio Martínez Sierra, una elección que aún hoy genera debate. Entre las posibles razones, se encuentra el rechazo social hacia las mujeres que se dedicaban a la literatura en aquella época. Su padre, Leandro Lejárraga, recibió con desagrado el primer libro de cuentos que María publicó en 1899, hasta el punto de que ella le prometió que nunca más volvería a ver su nombre en la portada de un libro.

Comenzó así una colaboración con su entonces novio Gregorio (se casaron en 1900) que terminó por convertirse en una renuncia absoluta a su identidad como autora, al menos de cara al público.

María Lejárraga

La colaboración con Gregorio Martínez Sierra: entre el amor y la renuncia

La relación entre María y Gregorio fue compleja. En sus inicios, parecía tratarse de una colaboración literaria genuina: compartían ideas, esbozaban argumentos y desarrollaban juntos los textos. Sin embargo, con el tiempo, la balanza se inclinó cada vez más hacia un esquema en el que María escribía y Gregorio firmaba. De hecho, en varias entrevistas entre 1913 y 1914, Gregorio afirma que María y él eran colaboradores y escribían a medias. Pero desde ese momento, Gregorio calló.

Aun así, en 1917, el periodista Julio Cejador señaló que bajo el nombre de Martínez Sierra había dos escritores que trabajaban juntos. Y en 1923 y 1926, hizo lo propio Rivas Cherif, aseverando incluso que María era la verdadera autora y que tenía por seguro que era ella quien escribía las obras.

Sin embargo, el amor que se profesaban no impidió que el reconocimiento hacia la escritora tardara demasiado en llegar. Durante tres décadas, Gregorio asumió sin reservas el papel de escritor y director de teatro, mientras María quedaba relegada al papel de sombra creadora. A lo largo de los años, las voces críticas comenzaron a señalar que algo no cuadraba. Y aunque algunos críticos como el mencionado Rivas Cherif advertían que la verdadera pluma tras las obras de Martínez Sierra era la de María, el silencio se mantuvo durante todo ese tiempo.

maría lejárraga y gregorio martínez sierra

El reconocimiento tardío: un giro en la historia

El primer gran punto de inflexión llegó en 1930, cuando Gregorio firmó un documento privado en el que reconocía que todas sus obras habían sido escritas en colaboración con su esposa. Sin embargo, la confirmación pública se dio poco después, cuando en París se estrenó una versión de Canción de cuna en la que, por primera vez, apareció el nombre de María junto al de Gregorio. Desde ese momento, en las entrevistas que concedió, ella comenzó a reclamar su lugar en la literatura.

Sin embargo, la reacción no fue unánime. Si bien en el extranjero se empezó a reconocer su autoría, en España , muchos periodistas y escritores reaccionaron con incredulidad y desprecio. Pero la situación se recrudeció todavía más.

El exilio y la última batalla por la autoría

Tras la Guerra Civil, María Lejárraga se exilió primero en Francia y, posteriormente, en América. Pasó por México y finalmente se instaló en Buenos Aires, donde continuó escribiendo y buscando una forma de sobrevivir como autora. Fue en esta etapa cuando publicó Gregorio y yo, un libro en el que narró su relación literaria y personal con Gregorio Martínez Sierra, fallecido en 1947, dejando claro su papel en la creación de las obras que habían dado fama a su marido.

A pesar de su testimonio, las resistencias continuaron. Críticos como César González Ruano y Wenceslao Fernández Flores llegaron a acusarla de querer apropiarse del legado de su esposo tras su muerte. María respondió con elegancia y firmeza, reiterando que su participación en la obra de Martínez Sierra no era un secreto, sino un hecho del que Gregorio nunca renegó en privado.

Por suerte, el tiempo terminó dándole la razón. Hoy sabemos que María no solo escribió muchas de las obras teatrales y novelas firmadas por Martínez Sierra, sino que también colaboró con figuras como Manuel de Falla, componiendo libretos de óperas como El amor brujo.

Un legado finalmente recuperado

En la actualidad, gracias a la labor de investigadores y al acuerdo entre los herederos de Gregorio y María, se ha logrado restaurar su nombre en la historia de la literatura. La Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) ha reconocido oficialmente su coautoría, y editoriales como Renacimiento han comenzado a publicar sus obras con su verdadero nombre.

Además, la Biblioteca Nacional de España ha realizado una gran labor de divulgación con la exposición María Lejárraga: una voz en la sombra, que recibió miles de visitantes y el premio Mujeres en el arte en La Rioja 2025 por su esfuerzo en visibilizar la vida y obra de la autora.

María Lejárraga
María Lejárraga, ya mayor

Conclusión: de la sombra a la luz

El caso de María Lejárraga es un símbolo de la lucha de muchas mujeres por el reconocimiento de su trabajo en un mundo dominado por hombres. Su historia nos obliga a reflexionar sobre cuántas otras escritoras, científicas y artistas han quedado en el olvido porque sus obras fueron firmadas por otros.

Hoy, su legado brilla con luz propia. Ya no es solo “la sombra de Martínez Sierra”, sino una de las grandes figuras de la literatura española del siglo XX. Su historia es un recordatorio de que el talento y la creatividad no tienen género, y de que la verdad, por más tiempo que tarde en salir a la luz, siempre termina imponiéndose.


Comparte

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *