En la esquina de General Ricardos con la calle de la Oca hay un lugar que parece haber quedado anclado en el tiempo. Quien pase hoy por allí verá muros castigados, accesos cerrados, carteles rotos, pintadas, restos de lo que fue y un abandono que duele especialmente porque no hablamos de un solar cualquiera. Hablamos del antiguo Campo del Hogar del Generalísimo Franco, más tarde conocido simplemente como El Hogar, el histórico campo del CD Puerta Bonita y uno de esos espacios que explican una parte importante de la memoria popular de Carabanchel.
Durante décadas fue campo de fútbol, patio deportivo para algunos colegios del barrio, escenario de partidos modestos, recinto de fiestas, espacio de terrazas, decorado cinematográfico y punto de encuentro de varias generaciones. Antes de todo eso, fue tierra de cultivo y lindero ferroviario. Después, con el paso del tiempo, acabó convertido en símbolo de algo que Carabanchel conoce demasiado bien, el abandono de sus espacios públicos.
Hoy el Campo del Hogar está ocupado, deteriorado y cerrado a los vecinos. Pero su historia merece contarse, porque solo así se entiende por qué este lugar no debería seguir siendo una herida abierta en Oporto. Lo que está en juego no es solo una parcela. Es el derecho de un barrio a recuperar un espacio que durante décadas tuvo uso deportivo, social y vecinal.

De la vía del tren al campo de fútbol
Para entender el Campo del Hogar hay que mirar la zona antes de que Oporto fuera Oporto. A comienzos del siglo XX, este entorno todavía conservaba un carácter agrícola, con terrenos de cultivo y espacios abiertos que poco tenían que ver con el paisaje urbano actual. Muy cerca discurría la antigua vía del tren que buscaba comunicar Madrid con San Martín de Valdeiglesias en dirección a Portugal, una línea que atravesaba Carabanchel y que, aunque tuvo poco recorrido, dejó su memoria incrustada en el callejero.
La actual calle de la Oca estaba ligada a aquel trazado ferroviario y llegó a llamarse calle del Ferrocarril. El tren partía de la desaparecida estación situada en las inmediaciones del Puente de Praga, avanzaba por la actual Santa María de la Cabeza y se adentraba en Carabanchel Bajo por la calle de la Vía. De ahí su nombre. A veces el callejero es más tozudo que el paso del tiempo y conserva pistas que la ciudad, con sus prisas, intenta borrar.
En aquel paisaje de terraplenes, tapias y caminos se fue configurando un espacio que acabaría asociado al deporte y al barrio. Según la memoria transmitida en el entorno, el origen del campo estaría en la cesión de unos terrenos al ayuntamiento por parte de una familia del barrio, un gesto que permitió que aquel suelo terminara teniendo uso deportivo y social. Esa cesión ayuda a entender algo importante: el Campo del Hogar nació ligado a una idea de servicio al barrio.
Años más tarde, la transformación urbana de Carabanchel fue arrasando huertas, desmontes y antiguas referencias rurales, pero algunos solares quedaron como testigos de esa transición. El Campo del Hogar fue uno de ellos.

El Hogar del Generalísimo y la sombra de “El Gene”
El nombre del campo no se entiende sin el antiguo Hogar del Generalísimo Franco, conocido popularmente por muchos vecinos como “El Gene”. El recinto deportivo estaba vinculado a ese universo asistencial, educativo y disciplinario de la posguerra, tan característico del franquismo, donde se mezclaban beneficencia, formación y control ideológico.
En el entorno de Oporto existía también un emblemático edificio, la antigua sede de la Editorial Castro, conocido décadas después por albergar el centro ocupacional Magerit. Diversos vecinos conectan este inmueble con el nombre de El Hogar y con su utilización durante la posguerra como internado, orfanato y espacio falangista. Según esos testimonios, llegó a albergar a más de 300 chicos, con uniformes, monitores e incluso banda de tambores y cornetas. A aquellos niños se les conocía como “los Flechas del Hogar”.
La memoria oral añade una imagen poderosa. Un vecino recuerda que, cuando llegaba algún “pez gordo” de visita, se organizaba una aparatosa parada militar que deslumbraba a los críos. Aquello ocurría, según ese testimonio, en los años cuarenta y cincuenta. Eran otros tiempos, otra ciudad y otro Carabanchel, pero esas escenas ayudan a comprender que el Campo del Hogar no fue únicamente un campo de fútbol. Formaba parte de un conjunto más amplio, marcado por la posguerra, por la orfandad y por la disciplina militar.
También se conserva en la memoria vecinal la existencia de un pasadizo subterráneo bajo los terraplenes de la calle Oca, entre el edificio del Hogar y el campo de fútbol, para que los flechas pudieran llegar al campo sin contratiempos.
Los internos del Hogar
Uno de los testimonios más valiosos es el de Antonio, antiguo interno del Hogar entre 1970 y 1974. Su recuerdo aporta una mirada menos rígida y más humana de aquel espacio. Cuenta que llegó allí procedente de otros internados y reformatorios y que, en comparación, el trato recibido en el Hogar fue bueno.
Antonio sitúa en ese periodo la inauguración del cine Los Ángeles, la librería que había en la esquina con la calle de la Oca —la cual estaba tapiada— , el bar Casa Paco y la cafetería Yakarta, enfrente. Menciona además que recuerda un partido de chicas celebrado hacia 1971, un detalle aparentemente pequeño, pero muy revelador de la vida social que rodeaba el campo. Y es que en esos primeros años setenta, las mujeres empezaron a jugar al fútbol de forma federada, si bien el franquismo se encargó pronto de humillarlas y de enterrar por mucho tiempo ese amor que profesaban las mujeres hacia el deporte rey.
El testimonio de Antonio permite mirar aquel espacio con más matices. El Hogar formaba parte de una estructura de posguerra, con todo lo que eso implica, pero también fue el lugar donde muchos niños y adolescentes pasaron una parte decisiva de su vida. Para algunos fue disciplina. Para otros, refugio y supervivencia. Y para otros, simplemente el escenario de una infancia marcada por internados, precariedad y una ciudad que cambiaba deprisa.

El Puerta Bonita y la tierra negra
El CD Puerta Bonita nació en 1942 y desde entonces quedó ligado al Campo del Hogar. Para muchos vecinos, decir El Hogar era decir Puerta Bonita. Y decir Puerta Bonita era hablar de fútbol de barrio, de domingos, de barro, de ilusión y de una tierra negra que se quedó grabada en la memoria de todos los que la pisaron.
Los comentarios de antiguos jugadores y vecinos son casi un coro. “Entrabas de blanco y salías negro”, “la tierra era de ceniza”, “te ponías tibio”, “qué partidos”, “qué pasión”, pero «si te raspabas, infección al canto». El campo no era cómodo ni moderno. No tenía el brillo de los estadios con césped ni la comodidad de las gradas cubiertas. Era un rectángulo de tierra negruzca, con capacidad aproximada para un millar de personas de pie, sin graderío, áspero y profundamente carabanchelero.

Allí los chavales del Santa María del Bosque o los del Luz Casanova dieron vueltas en clase de gimnasia. Y allí alumnos de Nuestra Señora de Sonsoles hicieron deporte. Algunos se escondían detrás de los banquillos para ahorrarse una vuelta. Porque la memoria de un barrio no siempre está en los grandes momentos. A veces está en una triquiñuela infantil para librarse de correr bajo la mirada del profesor.
El campo también fue lugar de aprendizaje sentimental. Muchos vecinos recuerdan haber ido con sus padres a ver partidos. Otros jugaron allí de niños, de adolescentes o como visitantes. Algunos recuerdan el bar, con su caldo en invierno, los vestuarios, las taquillas y hasta unas estatuas de piedra a tamaño natural que, según asegura un vecino, había detrás.
Entre los recuerdos recogidos aparece también la vida interna del club, con nombres que forman parte de la memoria del Puerta Bonita: Pedro el tranviario, el presidente Pepín, Agustín el masajista o aquellos directivos que durante años acompañaron al equipo en los viajes a pueblos de Cuenca y Toledo para disputar partidos de Primera Regional. Es la historia menos visible del fútbol modesto, hecha de horas, favores, coches particulares y mucho amor al club.

El Herreros, el Rayo Carabanchel y otros equipos del barrio
Aunque el nombre más asociado al Campo del Hogar sea el del CD Puerta Bonita, su historia deportiva no se agota ahí. Allí también jugó el Herreros Club de Fútbol, uno de esos equipos modestos que forman parte de la memoria futbolística de Carabanchel y que, ya en los años setenta, pasaría a denominarse Rayo Carabanchel.

El dato es importante porque conecta el viejo campo con una red más amplia de clubes de barrio, equipos de empresa, conjuntos escolares y agrupaciones deportivas que utilizaron estas instalaciones durante décadas. El Hogar no fue solo la casa del Puerta Bonita. Fue también terreno de juego para otros equipos que ayudaron a construir una cultura futbolística muy de barrio.

En los recuerdos de los vecinos aparecen otros nombres vinculados al fútbol modesto como el Rayo Valvanera, el equipo de fútbol de la Colonia Virgen de las Gracias, el Paraíso del Mueble, el CD Oromar, el CD Olímpico o el Oporto. También hubo partidos escolares y, según algunos recuerdos, hasta campeonatos de lucha libre. El campo era polivalente antes de que esa palabra se pusiera de moda en los pliegos municipales.

Ese es uno de los argumentos más potentes para reivindicarlo hoy. Cuando se abandona el Campo del Hogar no se pierde solo el viejo campo del Puerta Bonita. Se pierde una pieza de la memoria sociodeportiva de todo Carabanchel.

Fiestas, terrazas y verano
El Campo del Hogar tuvo también una dimensión festiva que merece recuperarse. En los años cincuenta ya aparece asociado a festivales benéficos durante las fiestas de Carabanchel Bajo. Más tarde, algunos vecinos recuerdan la celebración de las fiestas del Carmen y Santiago en el propio recinto. Incluidos conciertos como el de Lilián de Celis, entre otros. Y en los años noventa hubo chiringuitos con mesas, una especie de terraceo popular que convertía aquel espacio en punto de encuentro veraniego. Es decir, el campo no era solo deporte. Era convivencia.
Ese uso múltiple resulta especialmente valioso para pensar su futuro. El Campo del Hogar podría volver a ser un lugar donde se mezclen deporte, cultura, memoria y vida vecinal.
La pregunta, por tanto, no es si ese espacio puede tener uso. La historia demuestra que lo tuvo de sobra. La pregunta es por qué se ha permitido que un lugar con tanta vida acumulada acabara cerrado, deteriorado y fuera del alcance del barrio.

Vallas, anuncios y barrio
Otro elemento que merece ser recordado es su paisaje visual. El Campo del Hogar estaba rodeado de vallas publicitarias que daban a la calle de la Oca y a General Ricardos. Además, el propio muro del campo estaba cubierto de anuncios de empresas del barrio. Talleres, bares, comercios, negocios de proximidad. La publicidad no era solo decoración. Era una forma de financiación, pero también un retrato económico de la zona.
Esas vallas hablaban de un Carabanchel comercial, popular y trabajador. Un barrio donde el campo de fútbol era también escaparate de los negocios cercanos. Frente a las grandes lonas impersonales de hoy, aquellos anuncios tenían algo de tablón vecinal. Eran la prueba de que el campo formaba parte del ecosistema cotidiano del barrio.
Con el tiempo, esa función ha cambiado. Los muros se han convertido en soporte para anunciar conciertos y otros eventos. La pared sigue comunicando, pero ya no lo hace desde la vida organizada del campo, sino desde la supervivencia de un muro abandonado.

El mural de Pinochet
Entre todos los recuerdos visuales destaca uno muy concreto, un mural en el que aparecía el dictador chileno Augusto Pinochet asando a la paloma de la paz en una hoguera. Varios vecinos lo recuerdan con nitidez, como si ese dibujo hubiera quedado fijado en la retina de quienes pasaban por allí de pequeños.
No es un detalle menor. Ese mural habla del carácter político, popular y callejero que también tuvo este entorno. Los muros del Campo del Hogar no fueron solo límites físicos. Fueron pantallas de memoria, de publicidad, de protesta o de humor negro.
Que tantos años después haya vecinos que recuerden precisamente aquel mural demuestra la potencia de las imágenes cuando aparecen en el lugar adecuado. Pinochet y la paloma quedaron unidos, de forma inesperada, a la memoria sentimental de Oporto.
Un depósito de coches
El entorno también tuvo usos mucho más prosaicos. Otra capa menos conocida de la historia del campo es su relación con la inmediata Renault, pared con pared. Según testimonios vecinales, durante unos años la Comunidad de Madrid, propietaria actual del terreno, utilizó el Campo del Hogar como depósito de vehículos de segunda mano de la propia Renault.
Es un dato lateral, pero ayuda a entender la complejidad del lugar. El Campo del Hogar no fue una instalación congelada en el tiempo. Cambió, se adaptó, fue usado, reutilizado y finalmente dejado a su suerte. Carabanchel, siempre práctico, encontraba uso a los huecos antes de que la burocracia los convirtiera en problemas eternos.
El penalti más largo del mundo
En 2005, el viejo campo vivió una última aparición estelar en la cultura popular. Allí se rodó parte de El penalti más largo del mundo, la película protagonizada por Fernando Tejero y dirigida por Roberto Santiago, cineasta y escritor nacido en Carabanchel y autor de la saga Los Futbolísimos o de la novela La rebelión de los buenos.
La elección no pudo ser más adecuada. Pocos escenarios podían representar mejor ese fútbol modesto, de tierra, barrio y épica pequeña. El Campo del Hogar tenía todo lo que necesitaba una película de ese tipo: porterías con historia, muros envejecidos, textura popular y esa mezcla de dignidad y precariedad que acompaña al fútbol de barrio.
Visto hoy, el rodaje parece casi una despedida involuntaria. Dos años después, en 2007, el Puerta Bonita se marcharía al antiguo Canódromo de Carabanchel. El viejo campo quedaría atrás.
El traslado al Canódromo y el principio del vacío
En mayo de 2007, el Puerta Bonita se trasladó al remodelado antiguo Canódromo de Carabanchel, entre las calles Zaida y Vía Carpetana. Para el club fue un salto hacia unas instalaciones más modernas, con césped artificial, graderío y mejores condiciones. Para el Campo del Hogar, en cambio, fue el inicio de una lenta desaparición.
El traslado cerró una etapa. El campo histórico dejó de tener el uso que le había dado sentido durante décadas. Aun así, durante un tiempo siguieron existiendo actividades vinculadas al bar y a ciertos usos residuales. Pero el centro de gravedad ya no estaba allí.
Después llegó la crisis del Puerta Bonita. El club original se retiró de la competición en la temporada 2016-2017, arrastrado por deudas e impagos. A partir de ese momento, la situación del viejo campo se volvió todavía más incierta. Y cuando un espacio queda sin club, sin proyecto, sin vigilancia clara y sin una administración que asuma su futuro, el abandono deja de ser una posibilidad y se convierte en destino.
En 2018, el CD Nueva Puerta Bonita resurgió de sus cenizas, pero sin darle ya ningún uso al antiguo Campo del Hogar.

La ocupación del campo
La ocupación del Campo del Hogar no surge de la nada. Es importante contarlo bien para no simplificar un problema complejo. Según una información publicada en 2018, varias familias se instalaron en las antiguas dependencias del campo, especialmente en lo que habían sido el bar, los vestuarios y las oficinas del Puerta Bonita.
El origen de esa comunidad se vinculaba entonces a Ángel, antiguo encargado de cuidar las instalaciones, quien aseguraba que, a través de una asociación multicultural, pagaba el alquiler del bar. Según su versión, tras la desaparición del club se produjo un cierre repentino cuando ya se había abonado una cantidad importante por el uso anual del espacio. Fue entonces cuando decidió instalarse allí con su mujer e hijos. Después llegaron otras familias.
En 2018 se hablaba de siete familias, niños escolarizados y personas empadronadas en esa dirección. Los propios moradores defendían que no tenían otro lugar al que ir y que habían acondicionado las dependencias para vivir con cierta dignidad. Algunos vecinos, por su parte, denunciaban ruido, deterioro, usos irregulares vinculados al desguace de vehículos y una ocupación que impedía recuperar el espacio para el barrio.
Ahí está el nudo del problema. No se trata de negar la dimensión social de quienes viven allí ni de convertirlos en culpables. Pero tampoco se puede aceptar que una instalación histórica permanezca indefinidamente fuera del uso vecinal. La ocupación no es la causa primera del abandono. Es una consecuencia de años de cierre, indefinición y falta de proyecto. Primero se fue el fútbol. Después se fue el cuidado. Luego llegó el deterioro. Y finalmente, la ocupación.

El abandono no puede ser una política urbana
El Campo del Hogar resume un problema mayor de Oporto y de Carabanchel. En muy pocos metros se concentran varios espacios con enorme valor histórico, social o simbólico que llevan años sin una solución clara. El edificio Magerit o Palacio de la Novela, la Fundación Goicoechea-Isusi o la propia Puerta Bonita forman una especie de mapa del abandono.
Y eso genera una sensación muy reconocible entre los vecinos, la de vivir rodeados de lugares con pasado, pero sin futuro.
Carabanchel no necesita más discursos grandilocuentes sobre su potencial. Necesita equipamientos, centros de salud, espacios deportivos, zonas verdes, centros culturales, soluciones sociales y una planificación que trate al barrio con respeto. No basta con decir que Carabanchel está de moda, que atrae artistas o que tiene una identidad vibrante. La identidad también se cuida arreglando aceras, recuperando patrimonio y evitando que los espacios comunes se pudran detrás de una tapia.
El Campo del Hogar podría ser muchas cosas. Podría ser un centro deportivo de proximidad, una instalación abierta para clubes modestos, un espacio intergeneracional, una zona verde equipada o un recinto que combinara deporte, cultura y convivencia. Lo que no puede ser es una tierra de nadie.
Porque este es el punto central: Carabanchel no reclama una ruina. Reclama un uso público para un espacio que ya fue del barrio en la práctica durante décadas. Reclama que un lugar nacido con vocación de servicio vuelva a tenerla. Y, por último, reclama que donde hoy hay cierre, deterioro y resignación pueda haber deporte, actividad, memoria y vida.
A veces defendemos con razón los palacios, las quintas, las iglesias, las colonias históricas y los edificios singulares. Pero un barrio también se explica por los lugares donde varias generaciones aprendieron a correr, perder, ganar y levantarse. El Campo del Hogar nació con un nombre ligado a una época oscura, creció como espacio deportivo de barrio, sobrevivió entre usos diversos y terminó convertido en símbolo de abandono. Pero todavía está ahí. Y mientras siga ahí, todavía puede recuperarse.
Porque si fue hogar de tanta memoria, ya va siendo hora de que el barrio lo rescate.



Muchas gracias David me ha parecido una auténtica clase de historia sobre todo concreta conocida entre comillas y vista por todos los ciudadanos de Carabanchel desde fuera sin conocer la problemática real desde el año cuarenta y dos hasta nuestros días lo más importante de todo es que queremos que vuelva a ser un espacio público utilizable y que podamos disfrutar de él los ciudadanos y ciudadanos de nuestro distrito por supuesto es ser familias habrá que darles un sitio digno para vivir pero no el campo de fútbol