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Una joya inadvertida: el estanque de Las Brujas

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Hace unos días compartí en Instagram la foto del estanque de Las Brujas que abre este reportaje. Algunos de los seguidores de Por Carabanchel afirmaron que se trataba del estanque de los patos. No les faltaba razón, porque así es como se ha conocido este estanque en las últimas décadas, ya que durante un tiempo acogió a algunas de estas aves palmípedas.

Sin embargo, pocos sabían que este estanque tiene historia. Mucha historia. En concreto, pertenecía a la magnífica Posesión de los Condes de Miranda, la gran finca señorial que tuvo a la emperatriz Eugenia de Montijo entre sus últimas poseedoras.

El origen de esta quinta se remonta a principios del siglo XV. Entre todas las quintas de recreo que hubo en los Carabancheles esta se distingue por su nobleza y por su antigüedad, pues se trata de la primera de la que hay noticia, ya no solo en nuestro barrio, sino en todo el contorno de Madrid.

Es más, todo parece indicar que donde se asentaba esta finca hubo en su momento una villa o alquería de época romana, pues siglos más tarde apareció en ella un mosaico romano, el de «Las cuatro estaciones», que se encuentra en el museo de los orígenes de Madrid y del que ya hablaremos en otra ocasión.

Para conocer los orígenes y evolución de esta quinta, os aconsejo leer con calma el artículo «Réquiem por un palacio romántico», publicado por mi colega Fran en la web Karabanchel.com. Pero, ¿de dónde sale este estanque y por qué ha llegado hasta nuestros días?

La Quinta de Miranda hacia 1820. Por Juan Mieg

La Quinta de Miranda hacia 1820. Por Juan Mieg. Foto: «Carabanchel, 1998», de Juan Sánchez Molledo

De los Cárdenas Zapata a los condes de Miranda

Al extinguirse la varonía de los Cárdenas Zapata, primera dinastía que durante dos siglos poseyó la quinta, esta fue a parar a Juana Cárdenas Castilla, prima de los últimos poseedores y que se casó con Lorenzo de Mendoza, sobrino nieto, nada más y nada menos, que del poeta Garcilaso de la Vega.

Hubo que esperar tres generaciones más, hasta comienzos del siglo XVIII, para que la posesión pasara a manos de los Condes de Miranda del Castañar, en concreto en la figura de Joaquín José López de Chaves, tataranieto de Juana Cárdenas y Lorenzo de Mendoza.

Pero para poder dar con el famoso estanque de Las Brujas habría que aguardar un sigo más. En 1834 fallece Eugenio Portocarrero Palafox, conde de Montijo y de Miranda y legítimo heredero de la quinta. La hereda entonces su hermano Cipriano, no sin pocos problemas, pues era un reconocido liberal, algo no muy bien visto en la época.

De hecho, fue su mujer María Manuela Kirkpatrick la que consiguió mediante astutas argucias decantar la heredad hacia el lado de Cipriano. María no es otra que la madre de la emperatriz de los franceses Eugenia de Montijo y de la duquesa María Francisca de Sales, también conocida como Paca Alba, por haberse casado con el duque de Alba, Jacobo Fitz-James Stuart.

Cipriano sacrificó el resto de su vida en recomponer y mejorar la hacienda de los Montijo, mientras que su esposa e hijas se mudaron durante varios años a Francia ante los desórdenes políticos que vivía Madrid.

El aire renovado de María Manuela

María Manuela Kirkpatrick en 1860. Archivo General de Palacio

María Manuela Kirkpatrick en 1860. Archivo General de Palacio

Tras la muerte de Cipriano en marzo de 1839, su viuda María Manuela hereda la quinta de Miranda. Decide entonces invertir grandes sumas de dinero en la reforma y rehabilitación de sus palacios, incluida la finca de Carabanchel, que se convierte en el mejor lugar de asueto y recreo para los meses de verano.

Construye por ejemplo un teatro que se inaugura el 17 de julio de 1844 bajo el nombre de Teatro de la Flora. En esa primera actuación, participaron incluso las propias hijas de María Manuela, Eugenia y Francisca.

Para que os hagáis una pequeña idea, en el palacio de la finca lucían lustrosos cuadros de Rubens, Mengs, Vicente López, tapices con la historia de Alejandro Magno o brocados procedentes de las habitaciones de Carlos V en Yuste. En definitiva, la mansión señorial parecía más un museo que una casa de temporada.

Un jardín soberbio

Es también en estos años cuando María Manuela invierte en el jardín, convirtiéndolo en uno de los más espectaculares de todas las fincas de recreo de la aristocracia. Decide plantar más de 20.000 árboles, principalmente pinos y encinas, pero también álamos y castaños, tanto que, en algunas zonas, «no permitían el paso de los rayos del sol en verano».

En el jardín había un estanque principal, conocido como «El baño de la Emperatriz», situado junto a la tapia, muy próximo al camino de Aravaca (actual Avenida de los Poblados). En el otro extremo corría el arroyo del Caño. Había cenadores cubiertos de parras con fuentes de piedra en sus centros e incluso una gruta abierta cubierta de hiedra y jazmines.

A través del Salón de Baile (María Manuela celebró múltiples bailes y fiestas en su quinta) una escalinata descendía a nuevos jardines con fuente de piedra desde donde se volvía a ascender para llegar a otros jardines donde se encontraba la montaña artificial, la noria para el riego y el estanque «llamado de las Brujas» y rodeado de cipreses, en el extremo norte de la posesión.

Para asegurarse de que el espléndido bosque sobrevivía, María Manuela mandó aumentar a dos el número de viajes de agua, denominado el antiguo de Prado Jordán y el nuevo de las Brujas; añadió también tres estanques más a los tres existentes, uno de los cuales, como ya hemos comentado, se situaba junto a una montaña artificial y que recibió el nombre de las Brujas. Sumó también una tercera noria a la finca, esta con sus artefactos de hierro, para complementar a las dos de madera.

plano de la finca a mediados del siglo XIX

Plano de la finca a mediados del siglo XIX. El estanque de Las Brujas (número 11) aparece subrayado. Publicado en «Las quintas de recreo: Los Carabancheles»

Un punto de reunión idílico

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Gracias a todas estas mejoras, estanque de Las Brujas incluido, la casa de los Montijo se convirtió en punto de reunión de numerosas personas notables de la Corte y de fuera de ella. Todo acompañado de espectáculos teatrales y musicales, pues María Manuela siempre solía preparar cena y cotillón para amenizar las veladas en su finca.

Una jovencísima Isabel II y su hermana Luisa Fernando visitaron en multitud de ocasiones la quinta de Miranda, tanto que en 1847, la propia María Manuela se convirtió en Camarera Mayor de la futura reina.

Quien dejó de acudir a la finca a partir de 1853 fue la joven Eugenia, que había casado con el emperador francés Napoleón III. Quien sí seguía acudiendo regularmente para visitar a su madre era Paca Alba, hasta que murió en París en 1860. De hecho, el alcalde Madrid, José Osorio decidió enterrar su cuerpo en el interior de la ermita de Santa María La Antigua, si bien a principios del siglo XX se trasladó al panteón que los Alba tienen en el monasterio de Loeches.

Los últimos años de su vida, María Manuela los vivió con intensidad en Carabanchel. Su finca era su vida y así lo fue hasta que falleció rodeada de sus nietos y de una sobrina en noviembre 1879. Solo faltó Eugenia de Montijo a ese triste momento, pero no llegó a tiempo desde su exilio londinense, donde residía después de que perdiera el trono de Francia.

La emperatriz que llega a la Quinta de Miranda es una mujer abatida. Y es que no solo perdió el trono en 1870, sino que su maridó murió en 1873 y su hijo Luis Napoleón, de solo 23 años, perdió la vida en junio de 1879, apenas cinco meses antes que su abuela, en la guerra anglo-zulú.

El fin de una época dorada

Difícilmente podría saber la emperatriz que, a su vuelta a Madrid en 1879, la finca donde había pasado los mejores días de su juventud había entrado ya en su último siglo de vida. Sin embargo, la que durante 17 años fuera emperatriz de Francia no disfrutó de la finca a pesar de ser la legítima heredera tras la muerte de su madre.

La dejó en manos de sus administradores, si bien la utilizaron y frecuentaron sus sobrinos, los duques de Alba y Tamames, que vivían en Madrid. De hecho, fue María Asunción Fitz-James Stuart, duquesa de Tamames y sobrina de la emperatriz, la que heredó la posesión de Miranda gracias a que su tía decidió transmitírsela en vida.

La duquesa de Tamames intentó devolver a la Quinta de Miranda su antiguo y representativo papel socio-cultural, organizando multitud de fiestas y tertulias con la alta aristocracia madrileña.

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Llegada de la ex-emperatriz de los franceses a la quinta de su señora madre, en Carabanchel. Vicente Urrabieta

La última visita de la emperatriz

En la primavera de 1920, una anciana Eugenia de Montijo visitó la quinta por última vez a los 94 años. Dicen que se sintió feliz al reconocer al viejo jardinero que de joven solía recoger las flores que cortaba. Cuentan que paseó lentamente por los senderos de la finca, que se sentó en el borde de sus estanques, probablemente también en el de Las Brujas, y que disfrutó de sus paisajes por última vez, feliz de encontrarse en aquel lugar que siempre añoró. Murió en julio de ese año.

En 1927, con la muerte de la duquesa de Tamames, se acababa la estirpe que, desde el siglo XV, había heredado de forma sucesiva tan magnífica quinta. La mayor parte de las posesiones de la familia fueron a parar al ayuntamiento de Carabanchel de Arriba, ya que así lo dejó escrito María Asunción. Agradecido por el gesto, el ayuntamiento decidió rotular como Duquesa de Tamames la antigua calle de Pinto.

El resto de las propiedades se repartieron entre los diferentes herederos, si bien toda la finca de Montijo, la majestuosa posesión medieval y con marcado carácter romántico fruto del buen hacer de su tía abuela María Manuela, pasó a manos de las Religiosas Oblatas del Santísimo Redentor, «incluidas sus dos conducciones de agua, denominadas del Pardo Jordán y de la Bruja». El 19 de octubre de 1929 se formalizó la donación.

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En el centro, con sombrero negro, Eugenia de Montijo con 94 años y agarrada a su bastón. Publicado en Dionisio de Felipe, «Ayer y hoy de las Oblatas» (1968)

Solo el estanque perdura

Las Oblatas nunca se sintieron cómodas en el palacio de la Quinta de Miranda. Realizaron obras para adaptarlo a nuevos usos y los jardines se abandonaron hasta caer en la más absoluta decadencia. Después llegó la guerra civil y, aunque no hay constancia de que el palacio sufriera graves daños, sí tuvo que ser rehabilitado posteriormente.

Aun así, a principios de los 60′, las Oblatas iniciaron las gestiones que harían desaparecer para siempre la gran finca, que acabó segregada y vendida a una inmobiliaria que pronto tiró todo abajo para construir bloques de viviendas, obviando al máximo el valor histórico y artístico de todo ese patrimonio.

Las monjas cambiaron toda la posesión por un nuevo convento, colegio y asilo, firmando así el acta de defunción de uno de los lugares que mejor representaban al Romanticismo español.

Pero antes de irse, las Oblatas, tal y como dictan los arquitectos encargados de la demolición, expoliaron el edificio, llevándose «puertas, ventanas, aleros, tejas, cañerías, escalones…». Y aunque un sector de la prensa se opuso e intentó convertirlo en mueso, finalmente, el palacio de los Miranda y los Montijo fue demolido.

Hoy, solo nos queda el estanque del bosque llamado «de la Bruja», que años más tarde fue conocido como de «los patos» y que se convirtió en un lugar de encuentro para múltiples jóvenes del barrio. Junto al estanque, erguidos, altaneros, valientes, los cipreses que lo rodean despiertan en el espectador la impresión de que allí, junto a aquellas calmadas aguas, hubo no hace tanto una de las fincas más importantes de la historia de Madrid.

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3 comentarios en «Una joya inadvertida: el estanque de Las Brujas»

  1. Natividad rodriguez

    Muy bonito el reportaje y muy interesante la historia, yo llevo viviendo en la zona cuarenta y siete años y siempre he conocido el estanque, como estanque de los patos, el de las brujas es la primera vez que lo oigo

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