El periodista y escritor volvió a casa para conversar sobre literatura en la Casa del Barrio de Carabanchel Alto. Habló de los márgenes, de la culpa, de quienes nos cuidaron, de los que se sienten “deselegidos” y de esa pasión que, cuando las cosas se tuercen, puede convertirse en un búnker.
Había tres Pedros sentados a la mesa en la Casa del Barrio de Carabanchel Alto. Pedro Casas, en representación de la propia Casa del Barrio; Pedro Simón, periodista y escritor criado en Carabanchel; y un tercer Pedro que tenía, además, algo especial que aportar a aquella presentación: había sido profesor de Literatura de Simón en el colegio Amorós cuando este era todavía un adolescente que se sentaba en el último pupitre de la clase.
Fue él, el profesor jubilado Pedro Rodríguez, quien abrió el encuentro intentando explicar quién era aquel antiguo alumno. Para hacerlo recurrió primero a Francisco Umbral, después a James Dean y finalmente a una palabra que, dijo, le había venido a la cabeza al ver el cartel del acto: rebelde. Aunque inmediatamente añadió el matiz: «rebelde con causa».
Recordaba a Simón en el curso 1988-1989 sentado al fondo del aula y, sobre todo, observando. Años después, aquel alumno volvió al colegio con una página de periódico bajo el brazo. Era su primer reportaje, publicado en 1991 y dedicado a las pintadas que aparecían en los servicios de la universidad. El profesor conservó aquella página durante años y terminó devolviéndosela cuando Simón regresó al centro, ya convertido en periodista, para hablar a sus alumnos sobre el oficio.
La anécdota funcionó casi como una pequeña explicación de todo lo que vendría después. Porque durante cerca de dos horas se habló de novelas, sí, pero sobre todo de una determinada manera de mirar: hacia quienes suelen quedar fuera de plano.
Simón comenzó reconociendo que hablar de sí mismo le incomoda. Prefiere escuchar. También explicó por qué había aceptado aquel encuentro en Carabanchel Alto. «Vivo en Carabanchel, soy de Carabanchel, me he criado en Carabanchel», dijo. Y Carabanchel acabó teniendo bastante que ver con la conversación.

Mirar desde la periferia
Pedro Simón pasó parte de su infancia siguiendo los destinos de su madre, maestra rural, por distintos pueblos de Castilla. Vivían en las casas destinadas a los maestros: viviendas modestas, frías, algunas con humedades, en lugares donde todavía se podía salir a jugar prácticamente sin límites.
Hasta que, con unos diez años, llegó a Madrid. Para explicarlo narró una imagen de esas que probablemente explican mejor una infancia que cualquier biografía: pasar, prácticamente de un día para otro, de jugar en un campo de manzanilla a encontrarse en los descampados de las periferias madrileñas de comienzos de los ochenta, donde entre la arena aparecían jeringuillas con restos de heroína.
Aquella experiencia terminó condicionando también su mirada como periodista. «La periferia no solo es geográfica», explicó. Existe también una periferia social: la de quien está enfermo, quien ha perdido la libertad, quien vive solo, quien sabe que va a morir, quien se siente inseguro o quien convive con una ausencia.
Buena parte de sus reportajes han transitado precisamente por esos lugares. Y también sus novelas. «Es bueno ser periferia», dijo en uno de los momentos más interesantes de la conversación. «Cuando eres periferia, no te crees el centro del mundo». Porque nuestra mirada colectiva suele construirse desde los centros, añadió, mientras que rara vez se cuenta el mundo desde sus márgenes.
No hacía falta esforzarse demasiado para encontrar el vínculo con el lugar en el que estaba pronunciando aquellas palabras.
Los “deselegidos”
Desde esa forma de mirar nació Peligro de derrumbe, la primera de las dos novelas sobre las que Simón había propuesto centrar inicialmente el encuentro.
La escribió después de los años más duros de la crisis económica de 2008, cuando las redacciones se llenaron de historias sobre desempleo, desahucios, expedientes de regulación y pequeños negocios que cerraban. Simón, que llevaba años haciendo reporterismo social en El Mundo, se encontró entonces con una realidad en la que buena parte del país parecía vivir permanentemente al borde de algo.
La novela reúne a nueve personas en una entrevista de trabajo. Solo existe un puesto. La buena noticia para uno será necesariamente una derrota para los otros ocho.
Simón habló entonces de los “deselegidos”, una palabra que utiliza para explicar algo que va mucho más allá del desempleo. Deselegido es el niño al que nadie escoge para formar equipo en el patio; el adolescente al que deja la persona que quería; y también el adulto que recibe una carta de despido y empieza a preguntarse qué hizo mal.
Porque perder el trabajo, explicó, no supone únicamente dejar de recibir un salario. Ataca también la autoestima y la percepción que uno tiene de sí mismo. Aparecen las comparaciones: quizá no eras tan bueno como pensabas, quizá otro tenía mejores contactos, quizá la culpa era tuya.
Muchos de los personajes de aquella novela nacieron de personas que Simón había conocido haciendo reportajes. Recordó a un joven subsahariano al que encontró trabajando como vigilante nocturno de una obra por un euro la hora, encerrado durante toda la noche con una linterna, un palo y una silla.
Y recordó también una historia mucho más dura: la de una mujer africana que había emprendido el viaje hacia Canarias con su hija pequeña. Le dijeron que la travesía duraría un par de días. Se prolongó durante semanas. Cuando se quedaron sin agua ni comida, la madre llegó a dar a la niña su propia orina. El bebé murió poco antes de que llegara el rescate y su cuerpo tuvo que ser arrojado al mar. Años después, aquella mujer seguía destrozada.
Simón explicó que algunos personajes de ficción son precisamente eso: distintas historias reales amasadas juntas. «La novela es plastilina», vino a resumir; uno escribe también con todo lo que lleva acumulado en su mochila.

Las personas que hicieron posible nuestro viaje
Después de Peligro de derrumbe, sin embargo, Simón estuvo cerca de abandonar la novela. El libro había pasado bastante desapercibido y durante un tiempo decidió concentrarse en aquello que ya sabía hacer: periodismo.
Hasta que regresó a su propia infancia. De ahí nació Los ingratos.
Quería escribir sobre el medio rural y sobre una generación de niños que crecieron en pueblos como aquellos por los que él había pasado. Pero principalmente quería hablar de otra cosa: de quienes nos dieron el empujón para que pudiéramos llegar hasta aquí y después se quedaron atrás.
En Los ingratos esa persona es una cuidadora rural, una mujer sorda y analfabeta marcada además por un drama familiar. Pero la conversación en Carabanchel Alto enseguida trascendió a los personajes de la novela.
Puede ser una madre. Un padre. Una abuela. Un vecino. Alguien que dedicó una parte enorme de su vida a cuidarnos y a quien nunca terminamos de agradecer suficientemente lo que hizo.
Simón recordó entonces una frase: la experiencia es eso que llega cuando ya es demasiado tarde.
A veces la comprendemos en un cementerio, en un hospital o ante una residencia, cuando pensamos que deberíamos haber llamado más, visitado más o haber estado más presentes. En esa sensación se encuentra el verdadero significado de Los ingratos: no tanto la ingratitud como crueldad consciente, sino la ingratitud como consecuencia de ir demasiado deprisa mientras otras personas hacen posible nuestro camino.
Quizá por eso la novela terminó conectando con tantos lectores. Simón contó que acumula ya numerosas ediciones y que existe incluso una productora interesada en llevarla a la gran pantalla.
Pero cuando Pedro, su antiguo profesor, retomó la palabra quiso alejarse precisamente del argumento.
Después de 37 años enseñando Literatura, dijo, estaba acostumbrado a que en los encuentros con escritores se preguntara por los personajes o por las historias, cuando para él el verdadero valor de las novelas de Simón estaba en cómo estaban escritas.
Habló de anáforas, comparaciones, paradojas, recursos con los que su antiguo alumno consigue hacer visible, e incluso casi palpable, una emoción. Simón respondió con humor: durante años ni siquiera sabía qué era una anáfora.
Había escuchado análisis académicos de algunos de sus reportajes en los que se identificaban recursos literarios cuyo nombre desconocía. Incluso llegó a bromear con la idea de que probablemente él mismo habría suspendido algún comentario de texto hecho sobre una pieza escrita por él.
Pero detrás de la broma apareció una reflexión mucho más seria sobre la escritura.

Escribir desde la herida
Para Simón, escribir implica exponerse. «Escribir es un acto de desnudez», explicó. También un acto de valentía y, a veces, una manera de hacerse daño. Para construir determinados personajes hay que estar dispuesto a permanecer durante días en emociones incómodas, a imaginar qué siente alguien que ha perdido un hijo o que atraviesa una experiencia que uno preferiría no vivir nunca.
No existe, sostuvo, una fórmula técnica que garantice la emoción. Algunas veces un párrafo funciona como un fogonazo y uno ni siquiera sabe exactamente por qué. Puede ser una palabra colocada junto a otra, un punto y aparte, un espacio en blanco o simplemente algo profundamente verdadero que acaba encontrando al lector.
Sí cree, en cambio, que se aprende leyendo mucho, equivocándose e incluso imitando inicialmente a los escritores que uno admira hasta encontrar una voz propia.
Y propuso otro ejercicio que probablemente sirva tanto para la literatura como para el periodismo: antes de decidir únicamente qué queremos contar, conviene decidir desde dónde queremos contarlo.
Una misma historia puede narrarse desde la víctima o desde quien causa el daño, desde el vecino que escucha detrás de una pared, desde el niño que contempla algo que todavía no entiende o desde el abuelo que sabe lo que está sucediendo pero decide callar.
El punto de vista cambia la historia. Cuando otra de las asistentes quiso saber cómo encuentra sus temas como reportero, Simón lo resumió con otra frase:
«Buscad la herida y tendréis el reportaje».
Allí donde hay alguien sufriendo existe potencialmente una historia humana, defendió. No hace falta que se trate de un gran drama. Puede ser una pequeña soledad, alguien que duerme mal o una persona que no consigue sentirse comprendida. El dolor de otro, por pequeño que resulte desde fuera, debería poder atravesarnos.
Y algo parecido espera de la literatura. Una novela tiene que zarandearnos, conseguir incluso que se nos pase la parada del autobús. Si un libro no provoca nada —ni emoción, ni enfado, ni risa, ni incomodidad— hay decenas de miles de otros libros esperando.
La culpa que heredamos
Otra pregunta llevó la conversación hacia uno de los grandes temas de sus novelas: la culpa. En este caso, Simón encontró rápidamente una explicación generacional.
Recordó a aquellos niños que, con seis o siete años, repetían en misa: «Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa», sin comprender exactamente de qué eran culpables.
A partir de ahí, dijo, la culpa va cambiando de forma pero continúa acompañándonos: culpa cuando comienza nuestra relación con el propio cuerpo, culpa con el sexo, culpa cuando llegan los hijos porque hemos sido demasiado duros o demasiado permisivos y, años más tarde, culpa cuando envejecen nuestros padres y pensamos que no estamos suficientemente pendientes de ellos.
Simón considera que ese sentimiento está particularmente presente en su generación y en las anteriores, y de forma todavía más intensa entre muchas mujeres.
Esa culpa explica también parte de la llamada Trilogía de la familia, que él nunca había planificado como trilogía.
Primero escribió Los ingratos, ligada a la infancia. Después llegaron Los incomprendidos, cuando las conversaciones con sus amigos estaban dominadas por los hijos adolescentes a los que los padres ya no sabían muy bien cómo entender. Y unos años más tarde aparecieron Los siguientes, porque aquellos adolescentes habían empezado a desaparecer de las conversaciones —tenían su pareja, sus planes, su propia vida— y su lugar lo ocupaban ahora los padres mayores: una operación de cadera, una enfermedad, una residencia o la pregunta de quién puede hacerse cargo de ellos.
Sus novelas, de alguna manera, habían ido envejeciendo junto a él y junto a toda una generación.
Un gol en el descuento
Después de aquellos tres libros, Simón quiso cambiar la mirada sobre el paso del tiempo. En Lo inesperado, su novela más reciente, el envejecimiento deja de ser únicamente pérdida y puede convertirse también en oportunidad.
Lo explicó con otra de esas imágenes sencillas que fueron quedando durante el coloquio: la vida todavía puede marcar un gol en el descuento.
La novela habla de dos personas que encuentran una segunda oportunidad cuando aparentemente ya no están en edad de que suceda algo así. Y de ahí Simón pasó a una idea que parecía resumir buena parte de lo que quería transmitir aquella tarde.
La pasión.
Para él, lo contrario de la vida no es necesariamente la muerte, sino vivir sin pasión. Hay personas que trabajan, desayunan, conducen, hacen compras y cumplen cada una de sus obligaciones, pero parecen haberse quedado sin aquello que verdaderamente las mantiene vivas.
Por eso insiste a sus hijos en que encuentren alguna. Puede ser leer, escribir, escuchar música, pintar o tejer. Da igual.
Porque habrá momentos en los que la vida se complique y necesitaremos un lugar donde refugiarnos. Y «las pasiones son búnkeres».
Entonces recordó unos versos de Jean Cocteau sobre alguien cuya casa está ardiendo y solo puede salvar una cosa. En lugar de rescatar un objeto, decide salvar el fuego. La casa desaparece, pero el fuego permanece dentro.

A esas alturas de la charla habían ido apareciendo también algunos nombres que ayudan a entender la literatura que interesa a Simón. Cuando el también escritor Alberto Benito le preguntó si todavía había espacio editorial para las historias sociales y periféricas, recurrió a Ignacio Aldecoa, por sus relatos sobre los trabajadores, los pobres y las vidas más humildes del Madrid de posguerra, y a John Steinbeck, por aquella América escondida y golpeada que tantas veces llevó a sus novelas. No importa tanto el tamaño del tema, vino a decir, como lo que un escritor sea capaz de hacer con él.
Steinbeck reapareció unos minutos después, ya casi al final. Simón recordó entonces una idea del escritor estadounidense que siente próxima a su propia manera de entender el oficio: la literatura debe ser capaz de contar la probada capacidad del ser humano para conservar, incluso en la derrota, la dignidad, el amor y la compasión.
Parecía un buen lugar para terminar. Pero aún quedaba un último gesto.
Pedro Rodríguez, el profesor que casi cuatro décadas atrás había tenido a Pedro Simón sentado en el último pupitre, llamó entonces a otra antigua alumna para que leyera un poema de Alberto Morate, también antiguo alumno suyo. El texto se titulaba, como la última novela del escritor, Lo inesperado, y estaba dedicado a Simón.
La poesía recogía, casi sin proponérselo, buena parte de lo que se había hablado durante el encuentro: los años que parecen cerrar puertas, la enfermedad que llega sin pedir permiso, las casas demasiado silenciosas, la soledad, los cuidados y también esa obstinación de la vida por volver a aparecer cuando parecía que ya no quedaban demasiadas oportunidades.
Hablaba de sueños que no tienen por qué caducar con la edad, de abrazos que todavía no se han dado, de palabras que aún buscan su voz y de la posibilidad de encontrar luz en una ventana que todos daban ya por apagada.
Fue un cierre especialmente adecuado para una mañana en la que se había hablado mucho de heridas, pero todavía más de lo que hacemos con ellas.
Para entonces, aquella conversación en la Casa del Barrio de Carabanchel Alto hacía tiempo que había dejado de ser simplemente una presentación de libros. Se había convertido en una charla sobre periodismo y literatura, pero también sobre padres e hijos, cuidadores y cuidados, culpa, memoria, desempleo, vejez, segundas oportunidades y la manera en que decidimos mirar a quienes tenemos alrededor.
Y había algo casi circular en la escena final. En la mesa seguían estando tres Pedros: Pedro Casas, por parte de la Casa del Barrio; Pedro Rodríguez, aquel profesor que había conocido a Simón cuando todavía observaba el mundo desde el fondo de un aula; y el antiguo alumno que, décadas después, ha hecho precisamente de observar y contar las vidas de otros su oficio.
Quizá por eso, entre todas las frases pronunciadas durante el encuentro, una seguía resonando al terminar:
«Es bueno ser periferia. Cuando eres periferia, no te crees el centro del mundo».
Dicha en la Casa del Barrio de Carabanchel Alto, no necesitaba demasiadas explicaciones.

